Páginas vistas en total

jueves, 19 de julio de 2018

¡Daos preso, Majestad!

                                   

Heatcok , el sheriff  de la Torre de Londres, había  tomado una decisión. Se puso de pie tras su gran mesa de roble inglés y con voz queda llamó a su ayudante, el joven Perkins. Anthony, le dijo, reúne a la Guardia de la Torre y sígueme, la mitad con sus picas y el resto con antorchas.
   Una vez formada la comitiva se dirigió a su objetivo a través de pasadizos, corredores, túneles e infinidad de puertas aherrojadas. Las paredes y las bóvedas acusaban el paso durante años de centenares de antorchas u otro tipo de luminarias: ennegrecidas en la parte alta y maloliente en las bajas. Ninguno de los fantasmas y apariciones que tienen allí acreditada su residencia se presentó, al menos en forma mortal, como tienen por costumbre siguiendo unos algoritmos ciertamente caprichosos para desespero de los presuntos expertos.
   La marcha rítmica de la Guardia hacía resonar los sitios que pisaban con su calzado tachonado, herencia del de las legiones romanas que le habían precedido en la Historia : marcial pero lúgubre, aterrador para los prisioneros allí hacinados y algunos hasta olvidados.
  Heatcok que encabezaba la marcha, no lo dudaba: las puertas se abrían para franquearle el paso, los Guardias rendían armas ante la presencia de su superior, las llaves tintineaban, los prisioneros procuraban o fingían dormir.
Algún roedor del inframundo se apartaba prestamente.
   En algunos sitios una niebla espesa se colaba entre los barrotes de hierro de los ventanales de las estancias y dificultaba la visión. En otros, según soplara el viento Norte o Noroeste, llegaba un fuerte olor nada agradable procedente del cercano río densamente poblado.
   El Sheriff estaba decidido aunque su propósito no tenía antecedentes. Lo había meditado bien y sus razones estaban bien fundadas: crímenes, asesinatos, detenciones ilegales, torturas…Aquello tenía que terminar.
¿Como qué pasaría a la Historia? ¿Un héroe? ¿Un traidor? ¿Un justiciero?

Ni siquiera se dio cuenta de cómo cambiaba el aspecto de la zona por la que deambulaba: mármol cada vez más abundante, alfombras cada vez más mullidas, luminarias sin humo… en fin, otro mundo.




 Su mundo, el lóbrego y austero de las dependencias de la Torre, iba quedando atrás y se adentraba en las Estancias Reales al tiempo que su corazón, curtido en cien batallas y mil intrigas, se aceleraba.
  Sus precauciones ¿serían suficientes? ¿bastaría la Guardia de la Torre para neutralizar a la Guardia Real? ¿le obedecería la Guardia de la Torre ante la otra autoridad? Estaba convencido de su acto, pero siempre quedaba la posibilidad de algún imprevisto.
   No fue así. La Guardia de la Torre lo tuvo fácil. Eran hombres rudos que a diario se enfrentaban con tipos duros de verdad mientras que la Guardia Real era producto de la molicie de la Corte. En realidad, poco más que figurines para lucir los elegantes y recargados uniformes de su cuerpo. Y sus armas, más de guardarropía que verdaderas,
un trabajo más de orfebrería que de fragua. Un poco de alboroto y poco más.
   Heatcok abrió bruscamente la Cámara Real y penetró en ella. Su ocupante se incorporó sobresaltado dudando de si era un episodio real o solo un mal sueño. El Sheriff , impostando su voz como hacía en ocasiones semejantes para darle más fuerza a sus órdenes, dijo:
- Daos preso Majestad, por orden del Rey
- Pero si el Rey soy yo…
- Es la fórmula legal, Majestad
   Los Guardias de la Torre lo rodearon: otro obstáculo salvado, pensó Heatcok. La repuesta del Rey no se hizo esperar, una vez repuesto de su turbación.
   -¿De que se me acusa?
  - De varios crímenes, Majestad, crímenes punibles: asesinatos
  - Y, ¿tenéis pruebas?
  - Las tengo; Perkins mi ayudante, aunque algo joven y atolondrado, está libre de toda  
     sospecha y las ha verificado
  -¿Las víctimas?
  - Siguen todas el mismo patrón, jóvenes, bellas, del sexo femenino y de
     clase social alta
    - ¿El móvil?
    - El móvil, por llamarlo así, lo conocen perfectamente todas las Damas de
      vuestra Corte. Creo que no hace falta precisar más.


El rey tuvo una sensación de vértigo, pensó que se deslizaba sin control por un río sin retorno.
- ¿Y, cómo las he matado Heatcok?
-  Esa es otra de las pruebas, el modus operandi, siempre el mismo: hacha arriba, hacha abajo
- ¿Habréis encontrado el arma homicida para acusarme?
- Sí, Majestad. En un alarde de humor macabro inglés, habéis colocado las hachas en la panoplia que hay sobre la chimenea de vuestros aposentos
- Me parece poco consistente, no hay huellas, es todo muy endeble…
- Hay un rastro de sangre, unas veces más visible, otras menos pero que conduce indefectiblemente a vuestra área del Palacio. Debo conduciros como preso a La Torre.
   - No podéis, olvidáis que soy el Rey Enrique de Inglaterra, soy muy conocido por todos incluso en La Torre.
 - Y Vos olvidáis, Señor, que en La Torre muchos prisioneros, por orden vuestra, llevan la cabeza cubierta por una máscara de hierro y todos proclaman ser otra persona. Allí estaréis bien. Se dice que en una ocasión pernoctó allí el gran Rey Ricardo III , escucharéis el trinar de los pájaros que allí anidan y hasta el graznar de un cuervo muy prolífico. También podréis escuchar con toda nitidez las campanadas a medianoche desde la Torre. Habéis cometido muchos errores, Majestad.
 -Solo he cometido uno, pero grande: haberos elegido para el cargo que ostentáis, Don Alfred.

No hay comentarios:

Publicar un comentario